Esta generación millennial a la que formo parte creo yo que, hasta cierto punto, estaba “acostumbrada” a los temblores. Algunos veíamos a los señores que vivieron el terremoto de 1985 como bichos raros al entrar en pánico. “¡Qué exagerados! ¡No pasa nada!” Siempre usando los simulacros para perder clases o echar el coto con los amigos del trabajo. Tomándolo con calma, porque era sólo eso, un ensayo de algo que nunca había tenido consecuencias graves en todo lo que llevamos de vida.

Vivo en Satélite en un séptimo piso, ahí rara vez notamos los temblores con intensidad. Sólo de recordar lo que sentí, bueno, lo que sintió México el pasado 19 de septiembre, se me vuelve a sumir el estómago. Literalmente fue como si la tierra hubiera dado un brinco y se escucharon ruidos nunca antes imaginados.

Tenía terror de encender la televisión, los peores pensamientos vinieron a mi cabeza. Quieres contactar a todos los tuyos para saber que están bien. ¡Bendito sea el WhatsApp! Ese no falló, al menos al momento funcionaba por completo porque las llamadas tardaron muchas horas en entrar. Al encender la tele la primer imagen que aparece es una toma panorámica de la ciudad llena de polvo. Poco a poco empiezan las confirmaciones de edificios derrumbados en diferentes zonas de la ciudad. ¿Cómo? ¿En la calle Amsterdam? ¿Una escuela?

Todos sentimos la urgencia de ayudar, ¿qué hago? Las redes sociales se llenaron de mensajes de terror y fotografías que nunca pensamos ver. Urgen medicinas, herramientas, comida, agua, etc. Empieza a correr todo tipo de información solicitando ayuda y las noticias no dejan de actualizar los datos que son cada vez peores.

Nosotros, los pobres millennials somos criticados frecuentemente y esta vez no fue la excepción. Gente juzgando que si subías una selfie ayudando sólo presumías lo bueno que eras. Déjenme decirles algo. Fueron esos que se subieron al famoso tren del mame los que movieron a millones, no nada más en México si no en todo el mundo. Cada que veía a mi amigo el más fresa subiendo un Facebook Live lleno de polvo en la cara suplicando por más ayuda o a mi amigo el hipster organizando el centro de acopio mi corazón se llenaba de orgullo, y sentía el deber de ayudar más.

Nunca se había visto el país así, tanta comida que ya no sabían qué hacer con ella, filas para ser voluntario o donar sangre de cientos de personas. Cada quien ayudó como pudo en menor o mayor escala. Diseñando camisetas para vender o chalecos con luz led para los topos. Chavos arriesgando su propia vida para salvar otras. De corazón, ¡GRACIAS!

Fueron también estos millennials desobligados quienes juntaron las suficientes firmas para que nuestro corrupto gobierno donara algo de las campañas políticas para la reconstrucción del país. Un gran avance, mostrando que nuestra voz sí puede hacer un cambio.

Me quedo tranquila, porque recobré mi fe en la humanidad y en mi país. Porque cuando cantaron el Himno Nacional a todos se nos enchinó la piel. Porque México es un país en el que llegan los Mariachis para levantar el ánimo de los rescatistas. Porque se dejan mensajes de ánimo en las despensas. Pero sobre todo, porque por fin esta generación se dio cuenta y abrió los ojos de que somos capaces de esto y de mucho más.

No será fácil recuperarnos. Cada quien vivimos un luto distinto, no tuvimos que perderlo todo para sentirnos muertos de miedo. Cada que se escucha un ruido extraño nos entre el pánico y la paranoia al escuchar una sirena. Más aún cuando a la tierra se le ocurre volver a bailar a tan solo cuatro días de la catástrofe. Volver a escuchar esa alerta sísmica provocó el patatús a todos. A mí se me sigue moviendo el piso continuamente.

Nunca faltan los acomplejados que sólo se quejan, aún en momentos como este. Los que se inventan información y lo peor, los que se aprovechan de situaciones tan lamentables como esta para robar. Pero, ¡qué importa! Quedó más que demostrado que somos muchos más los buenos. Cada quien tendrá que pagar su propio karma.

Poco a poco tenemos que volver a la normalidad. Volver a reír y pasarla bien con los amigos. Porque así es México. Es ahora el momento de volver al trabajo con más ganas y entusiasmo que nunca. Sin sentirnos culpables de nada porque hicimos un gran trabajo en equipo.

Recordemos que desgraciadamente esto apenas comienza, ojalá no se nos olvide pronto y que esto de ayudarnos y de soltar tan buenas vibras no pase de moda.

Hoy y más que nunca lo digo ¡QUÉ ORGULLO SER MEXICANA! #FUERZAMEXICO